Suelo estar de acuerdo con la mayoría de las opiniones que mi querido y admirado Fernando Sánchez Dragó vierte en sus artículos. Unos días comulgo por entero y otros, sólo en parte. Pero siempre existe algún párrafo con el que me alineo.
Pero hoy se ha dado un hecho sin precedentes: estoy en manifiesto desacuerdo con la totalidad de su artículo Hermano Toro.
Y es que, utilizando el mismo ejemplo que él plantea, ¿qué pasó con los uros? Llegó el día de su extinción y el último uro murió “de viejo”, tranquilo y feliz. ¿Quién puede lamentar su extinción como especie? ¿Los uros? Obviamente, no. ¿Los humanos, que ya no podrán admirar su belleza? Quizás. ¿Egoísmo humano, entonces? Sin duda.
Aplicado a los toros: ¿preferirá un toro que lo maten o que su especie se extinga dentro de equis años? Yo, como humano, lo que quiero es que no me maten. Si la humanidad se extingue dentro de cien, mil o diez mil millones de años, me resulta bastante secundario. No me afecta.
Por tanto, ¿quién pierde con la desaparición del toro de lidia como especie? ¿El toro? No. ¿Los humanos, que ya no podrían admirar su belleza ni seguir matándolos en las corridas? Quizás. ¿Egoísmo humano, entonces? Sin duda.
Se extinguió el uro, se extinguió el dodo, se extinguió el tigre de Tasmania… Y no pasa nada. Ningún animal sufre si su especie se extingue. Y todas las especies, tarde o temprano, se extinguen.
De modo que si, por egoísmo humano, no queremos que los toros de lidia se extingan, cuidémoslos, habilitemos prados, protejámoslos. Hasta donde alcanzo a saber, el lince ibérico no pone huevos, su leche no es apta para el consumo humano, y ahí sigue, entre algodones.
Si la única forma que hemos encontrado para poder seguir contemplando la belleza del toro es matarlo en la plaza, mal vamos. Poca evolución mental hemos alcanzado. A este paso, no me extrañaría que un día vinieran los marcianos y acabaran con nuestra especie: a fin de cuentas, somos tontos, somos malos y no servimos para nada.